Henry llegó a Brasil tres días después de haber tomado la decisión. No fue un viaje impulsivo, ni mucho menos romántico. Fue un desplazamiento silencioso, metódico, casi obsesivo. Durante esas setenta y dos horas había leído cada informe, escuchado cada grabación, comparado rutas, horarios, nombres que se repetían como sombras. Todo coincidía… y, aun así, nada avanzaba.
Ese era el verdadero problema.
Las piezas encajaban demasiado bien para no esconder algo.
Desde la ventanilla del vehículo