La camioneta avanzaba por la carretera como una bestia silenciosa, poderosa, obediente. No era un vehículo común; su interior olía a cuero nuevo, a dinero, a control. Leah lo notó desde el primer momento en que subió, pero no dejó que nada de eso se reflejara en su rostro.
Se sentó junto a la ventana, las manos cruzadas sobre el regazo, la espalda recta. Afuera, el paisaje cambiaba lentamente, verdes profundos que se mezclaban con tramos de tierra rojiza. Con cada Km que avanzan Brasil estaba