El aire en aquel pueblo ecuatoriano era espeso, cargado de humedad y miradas curiosas.
Leah lo percibía todo.
Cada sonido.
Cada sombra.
Cada paso demasiado cerca.
El hombre no se había ido.
Seguía allí, apoyado contra la pared del pequeño local improvisado donde se reunían viajeros, comerciantes y apostadores ocasionales. Tenía una copa en la mano y una sonrisa lenta, peligrosa. Una sonrisa que no prometía nada bueno.
—Dije que no me iría —murmuró él, cuando Leah pasó frente a su mesa—.