El sonido constante contra los ventanales del departamento de Enrique Salas se convirtió en un murmullo lejano, como si la ciudad se negara a romper la quietud de aquella conversación.
Kevin permanecía de pie junto a la ventana, con la segunda copa de whisky entre los dedos. La mirada perdida en los edificios que se desdibujaban tras el cristal empañado. Enrique, en cambio, lo observaba en silencio desde el sillón, con el gesto pensativo de quien ya había visto demasiadas batallas ajenas.
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