La tarde caía lentamente sobre Madrid, y las gotas de lluvia corrían con suavidad por el ventanal de la oficina de Leah Hill.
El cielo era una mezcla de grises profundos, un espejo perfecto de lo que sentía en su interior.
Desde hacía minutos —quizás horas— no había logrado concentrarse en los documentos que reposaban sobre su escritorio. El sonido monótono del agua golpeando el vidrio la mantenía hipnotizada, como si buscara respuestas en el reflejo de su propio rostro.
Y, sin querer, su mente