Renunciar.
Brasilia. Tres días después
Carlos Beira llevaba más de una hora sin moverse. Permanecía de pie frente al ventanal de la suite, con una copa de whisky intacta en la mano. La ciudad se extendía abajo como un organismo vivo: luces, tráfico, ruido distante. Brasil nunca dormía. Solo cambiaba de ritmo.
Detrás de él, tres hombres hablaban en voz baja.
Pantallas encendidas. Tablets. Documentos digitales proyectados en la pared. Carlos escuchaba sin interrumpir.
—Confirmado —dijo uno de ellos—. K