—Cuida tus palabras y tus actos, Leah, cuando hables ante mí —la voz de Kevin se tiñó de una autoridad helada, cada sílaba cargada de amenaza—. Estás advertida. Ningún contrato matrimonial puede salvarte de mí si cruzas mis límites. Y lo sabes. No me conoces, y no te recomiendo descubrir lo cruel que puedo llegar a ser.
Sus ojos la taladraban con un fuego contenido, pero Leah, lejos de retroceder, sostuvo la mirada.
—Ya he conocido tu lado cruel —replicó con voz firme—. ¿O acaso ya olvidaste