Kevin permaneció de pie unos segundos en la habitación, ajustándose el reloj con un gesto mecánico. Había algo en su expresión que Leah ya conocía: esa seriedad que no nacía del trabajo, sino del alma.
—Tengo que ir a ver a mi abuela —dijo finalmente—. Hay cosas… que necesito hablar con ella.
Leah levantó la mirada desde el sillón. No preguntó qué cosas. No lo necesitaba. Había aprendido a leer los silencios de Kevin, y aquel era uno cargado de peso.
—Está bien —respondió con suavidad—. Yo…