Después del encuentro, de los besos, del abrazo, de sentirse el uno al otro, el sueño los alcanzó sin aviso.
No fue un cansancio físico lo que los venció, sino algo más profundo: la necesidad de sostenerse el uno al otro sin preguntas, sin explicaciones, sin el peso del mundo presionando sus hombros. Kevin y Leah quedaron abrazados, como si el cuerpo hubiera entendido antes que la mente que allí, en ese contacto, había un breve lugar seguro. Kevin dormía de lado, su brazo rodeando la cintura d