OCHO

Leah abrió los ojos lentamente.

Sus párpados pesaban como plomo y el cuerpo le ardía en fiebre.

—Mi señora… —susurró una voz cercana—. ¿Cómo se encuentra?

Era Ana, la ama de llaves, que la observaba con profunda preocupación.

—¿Ana? —murmuró Leah, intentando mantener los ojos abiertos, aunque la cabeza le pesaba demasiado.

—Sí, señora. Ha cogido una fuerte gripe. El señor ordenó que la cuidara, y lo he hecho lo mejor posible. Aunque… —bajó la voz—, la señora Verónica intentó entrar varias veces
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