El pasillo del Sanatorio Central vibraba con un murmullo inquieto. Las luces blancas iluminaban los rostros agotados de los médicos y el brillo húmedo en los ojos de Leah, que continuaba apoyada contra el vidrio que la separaba del área en donde su padre luchaba por mantenerse con vida. Sus pequeñas manos permanecían extendidas sobre el cristal, como si de esa forma pudiera transmitirle fuerza. La noche se quebraba a su alrededor, pero ella seguía firme, como una flor golpeada por la tormenta q