Los pasillos del Sanatorio Central seguían quietos, como si el tiempo mismo hubiese comprendido que debía detenerse para no romper aún más el frágil equilibrio emocional de Leah. La presencia de Henry, la tensión latente entre él y Kevin, y la sombra de la muerte que aún flotaba sobre ellos creaban un ambiente suspendido, inquietante.
Leah respiró hondo, aunque su pecho ardía.
Sus ojos celestes estaban vacíos, sin brillo, pero su columna se mantuvo recta, sostenida solo por la fuerza que el