El pasillo del sanatorio pareció volverse más estrecho cuando Dulce Navarro atravesó las puertas automáticas. Era como si el aire mismo se tensara a su paso. Su figura alta, envuelta en un abrigo beige perfectamente ajustado a su cuerpo, contrastaba con la palidez del ambiente hospitalario. Su caminar era elegante, calculado, casi demasiado preciso para alguien que afirmaba haber pasado dos años encerrada. Su cabello caía en ondas suaves y brillantes sobre sus hombros, y sus labios pintados de rojo se curvaron en una sonrisa que no alcanzaba sus ojos. Era como si hace unas horas ella no hubiera cometido un crimen.
—¿Cómo están? —saludó con voz clara y melodiosa mientras se acercaba hacia ellos.
El inspector Méndez ladeó la cabeza, como evaluándola. Arturo endureció la expresión, claramente incómodo. Pero fue Leah quien la observó con un escalofrío recorriéndole el cuerpo. Algo en Dulce parecía fuera de lugar, demasiado perfecto… demasiado estudiado.
—Dulce… —murmuró Arturo, sin poder