El amanecer llegó sin belleza alguna. El cielo de Bella Vista amaneció cubierto por nubes de un gris pesado, como si la tormenta hubiera decidido quedarse habitando para siempre en la ciudad. Los ventanales del sanatorio repelían las gotas insistentes que comenzaban a caer otra vez, y en los pasillos todavía se percibía el eco de la noche de caos y de sirenas.
Leah llevaba horas sentada en la misma silla, sin moverse más que para levantarse a pedir informes o caminar de un lado a otro cuando la ansiedad la superaba. No había dormido. Casi no había parpadeado. Cada sonido del monitor de Kevin la mantenía en vilo. Arturo, sentado a su lado, mantenía su postura rígida, intentando proyectar control, pero los hombros tensos lo delataban.
Dulce, en cambio, había logrado dormir una hora ya que según ella el médico del turno nocturno le facilitó una dosis mínima de un relajante. Había despertado con el rostro impecable, como si la noche no la hubiera rozado en lo absoluto. Estaba sentada a u