El amanecer llegó sin belleza alguna. El cielo de Bella Vista amaneció cubierto por nubes de un gris pesado, como si la tormenta hubiera decidido quedarse habitando para siempre en la ciudad. Los ventanales del sanatorio repelían las gotas insistentes que comenzaban a caer otra vez, y en los pasillos todavía se percibía el eco de la noche de caos y de sirenas.
Leah llevaba horas sentada en la misma silla, sin moverse más que para levantarse a pedir informes o caminar de un lado a otro cuando la