La noche había caído lentamente sobre Brasil. No fue abrupta.
Fue suave. Como si el día se negara a marcharse del todo. Desde la terraza, la ciudad brillaba a lo lejos con luces dispersas, mientras el aire cálido traía consigo aromas de flores nocturnas y tierra húmeda. Pequeñas lámparas colgantes iluminaban el espacio con un resplandor tenue, dorado, creando una atmósfera íntima, casi suspendida en el tiempo.
Emily dormía profundamente en su moisés, envuelta en una manta ligera.
Su respiración