La noche cayó sobre la Villa La Matilde con una lentitud casi cruel. No hubo viento, no hubo sonidos ajenos que rompieran el silencio. Las luces exteriores iluminaban los jardines con una elegancia fría, pero dentro de la casa todo parecía más grande, más vacío. Leah caminaba descalza por el pasillo, envuelta en una bata ligera, sintiendo que cada paso resonaba demasiado fuerte en su propia cabeza.
Kevin no estaba.
Lo sabía desde hacía horas, pero el peso real de su ausencia se había asentado