La noche envolvía suavemente sobre la Villa La Matilde, envolviéndola en un silencio expectante, casi reverente. En el interior, la habitación de Leah estaba iluminada por una luz cálida y tenue, esa que no invade, que acaricia. Frente al espejo de cuerpo entero, Leah se observaba en silencio, como si estuviera viendo a otra mujer… y al mismo tiempo, a la versión más real de sí misma.
El vestido colgaba de su cuerpo con una caída impecable.
Era color esmeralda profundo, un verde elegante, sereno y poderoso, como si hubiese sido creado para una mujer que había aprendido a sostenerse incluso cuando todo se había derrumbado. El diseño era sobrio y refinado: mangas largas de tela ligera, un escote cerrado pero delicadamente trabajado, y una falda que fluía con gracia hasta rozar el suelo. La cintura estaba apenas marcada, lo suficiente para estilizar su figura sin delatar el secreto que resguardaba en su vientre.
Nada, absolutamente nada, revelaba que estaba embarazada.
Solo ella