La noche había caído sobre la Villa Hill con una quietud engañosa. No había viento, no había sonidos que rompieran la calma artificial de aquel lugar que alguna vez fue sinónimo de orden y control. Dulce estaba sola en la habitación principal, sentada en el borde de la cama, con el portátil abierto sobre sus piernas temblorosas.
Había tardado horas en decidirse.
Durante días había sentido esa opresión en el pecho, esa sensación constante de que algo no encajaba, de que había piezas faltantes en la vida de Kevin Hill. Él estaba allí, sí. Dormía en la misma casa, compartía la misma mesa, incluso la misma cama… pero su alma no estaba con ella.
Y Dulce lo sabía.
Sus dedos dudaron antes de presionar el mouse una vez más. El nombre ya estaba escrito en la barra de búsqueda, como si su inconsciente lo hubiese hecho por ella.
Kevin Hill.
Miles de resultados aparecieron, artículos financieros, entrevistas, galas, titulares sobre el imperio Hill Enterprises. Ella ya conocía esa parte. Sie