La noche había caído sobre la Villa Hill con una quietud engañosa. No había viento, no había sonidos que rompieran la calma artificial de aquel lugar que alguna vez fue sinónimo de orden y control. Dulce estaba sola en la habitación principal, sentada en el borde de la cama, con el portátil abierto sobre sus piernas temblorosas.
Había tardado horas en decidirse.
Durante días había sentido esa opresión en el pecho, esa sensación constante de que algo no encajaba, de que había piezas faltantes