Dentro de la oficina, los ojos de Leah se abrieron como pozos ante la acusación que caía sobre ella. Sentía caer sobre su pecho el peso de algo más viejo y oscuro, como si la muerte misma la mirara desde el otro lado del vidrio.
—Kevin, tú estás…
—Cállate. No quiero escucharte —interrumpió él, feroz—.
Su voz era un látigo. Kevin estaba fuera de sí, convencido de que otra vez ella había desobedecido sus órdenes y mancillado la memoria de Dulce.
—No he tocado nada —intentó Leah, adelantando l