El sol se colaba apenas entre las cortinas, pintando la habitación con tonos dorados que se reflejaban sobre la piel de Leah. Estaba sentada en la orilla de la cama, con los dedos entrelazados, los pensamientos girando sin cesar en su mente. Kevin permanecía de pie frente a ella, la mirada fija, los labios tensos, como si quisiera encontrar las palabras precisas que llevaran consuelo y claridad al caos que aún habitaba en el corazón de Leah.
El silencio entre ambos era pesado, pero no incómodo.