Kevin Hill llevaba horas sentado frente al ventanal de su Oficina Presidencial, pero no veía Bella Vista. No veía los edificios. No veía el tráfico constante ni el cielo que comenzaba a tornarse gris con el anuncio de una tarde pesada. Solo sentía. Y lo que sentía era un vacío brutal, profundo, que se le había instalado en el pecho desde la noche anterior.
Leah no estaba.
No en la Villa La Matilde.
No en su habitación.
No en su vida.
Ese pensamiento lo atravesaba como una herida abierta.