HORAS DESPUÉS
Singapur la recibió con un cielo cubierto, espeso, como si la ciudad intuyera el peso que Leah cargaba en el pecho. El avión privado acababa de aterrizar y, mientras los pasajeros descendían, ella permaneció sentada unos segundos más, con la mano apoyada en su vientre, respirando con lentitud. No era cansancio físico lo que la detenía, sino la certeza de que, al ponerse de pie, ya no habría marcha atrás.
Liliana Ferretti aguardaba a su lado, atenta, discreta, pero con una determinación férrea en la mirada. No llevaba el semblante de una asesora legal; era el rostro de una mujer que había decidido proteger a otra, sin condiciones.
—Ya está hecho —dijo Liliana en voz baja—. Nadie ha registrado tu nombre en migraciones como figura relevante. Usamos un protocolo alterno. Para el mundo… simplemente desapareciste.
Leah asintió despacio.
—Eso es lo que necesito ahora —respondió—. Desaparecer sin morir.
El trayecto hasta la propiedad privada fue silencioso. Singapur