HORAS DESPUÉS
Singapur la recibió con un cielo cubierto, espeso, como si la ciudad intuyera el peso que Leah cargaba en el pecho. El avión privado acababa de aterrizar y, mientras los pasajeros descendían, ella permaneció sentada unos segundos más, con la mano apoyada en su vientre, respirando con lentitud. No era cansancio físico lo que la detenía, sino la certeza de que, al ponerse de pie, ya no habría marcha atrás.
Liliana Ferretti aguardaba a su lado, atenta, discreta, pero con una dete