Alguien llego junto a él. Kevin se dio la vuelta.
—Señor Hill…Déjeme explicarle como sucedió todo —dijo uno de los guardias, inclinando ligeramente la cabeza—. La señora Leah salió ayer por la tarde.
Kevin se detuvo en seco.
—¿Cómo que salió? —preguntó, su voz contenida, peligrosa.
El jefe de seguridad tragó saliva.
—Pidió el coche para ir a un centro comercial. Iba acompañada por Ana. Dijo que ella misma conduciría… como en otras ocasiones. Al ver que estaba con Ana, no hubo inconveniente.
Kevin cerró los ojos un segundo. Un segundo demasiado largo.
—¿Y el coche? —preguntó.
—El coche regresó, señor. Solo… ella no volvió.
Ese fue el momento exacto en el que Kevin lo supo.
No necesitó más explicaciones. No necesitó escuchar nombres ni hipótesis. Su pecho se contrajo con violencia, como si alguien hubiese apretado su corazón con ambas manos.
—¿Cuándo se dieron cuenta? —preguntó finalmente.
—Esta mañana, señor. Al no verla bajar para el desayuno.
Kevin apretó la mandíbula. A