La habitación estaba envuelta en una calma casi sagrada. Leah había descansado lo suficientemente después de la venida de la Clínica.
La luz suave de la tarde se filtraba por los ventanales de la Villa La Matilde, tiñendo las paredes de tonos cálidos, como si el mundo entero hubiera decidido hablar en susurros. Leah permanecía de pie frente al espejo de cuerpo entero, descalza, con el cabello suelto cayendo sobre sus hombros. Vestía una bata ligera que apenas lograba ocultar la curva ya evidente de su vientre.
Lentamente, llevó ambas manos hacia abajo, apoyándolas con delicadeza sobre su abdomen.
Allí.
Allí estaba su pequeño milagro.
Una sonrisa dulce, casi tímida, se dibujó en sus labios. No era una sonrisa de completa felicidad, sino una mezcla de ternura, nostalgia y una fortaleza nueva que comenzaba a echar raíces en su interior.
—Hola mi pequeño bebé —susurró, como si temiera romper algo invisible—. Aquí esta mamá.
Sus dedos recorrieron la piel con cuidado, como si aquel c