El amanecer en Bella Vista llegó sin aviso. Pero la misma se sentía diferente. No fue dorado ni cálido.
Fue gris, espeso, como si el cielo mismo supiera que algo estaba a punto de romperse.
Kevin Hill llevaba horas despierto. No había dormido más de unos minutos seguidos. La noche había sido inquieta, llena de pensamientos que no lograban ordenarse. El silencio de la Villa Hill era pesado, incómodo, y por primera vez en mucho tiempo, aquel lugar no se sentía como su hogar. Entonces el hombre ha