El amanecer en Bella Vista llegó sin aviso. Pero la misma se sentía diferente. No fue dorado ni cálido.
Fue gris, espeso, como si el cielo mismo supiera que algo estaba a punto de romperse.
Kevin Hill llevaba horas despierto. No había dormido más de unos minutos seguidos. La noche había sido inquieta, llena de pensamientos que no lograban ordenarse. El silencio de la Villa Hill era pesado, incómodo, y por primera vez en mucho tiempo, aquel lugar no se sentía como su hogar. Entonces el hombre había tomado la decisión de abandonar la Villa, por lo menos Hill Enterprises le daba un ambiente más propio. El Ferrari rugio por las avenidas de Bella Vista.
18 Minutos después Kevin Hill ya estaba en su Oficina, de pie frente al ventanal, cuando el teléfono vibró sobre el escritorio. El nombre que apareció en la pantalla lo hizo fruncir el ceño.
— Habla Hill —respondió con voz firme, aunque algo en su pecho se tensó.
—Señor Hill… —la voz del otro lado era cautelosa, profesional, pero había u