El arma seguía apuntando a la frente de Leah.El metal frío casi tocaba su piel. El dedo del hombre descansaba sobre el gatillo. Leah no cerró los ojos.
No suplicó. No tembló. Solo lo miró.
Y algo cambió. Fue un segundo. Un instante mínimo, pero suficiente.
El hombre frunció el ceño.
Su respiración se volvió irregular.
—¿Por qué no tienes miedo? —murmuró con voz áspera.
Leah no respondió.
Sus manos seguían atadas. Su cuerpo dolía. Su frente aún palpitaba por la herida, pero sus ojos, aque