Las campanas de la iglesia repicaban con fuerza, profundas y vibrantes, como si quisieran anunciarle al mundo que aquel día no sería uno más. Cada campanada atravesaba el cielo azul de la mañana y se expandía por las calles adoquinadas hasta llegar a las puertas abiertas del templo, donde el murmullo de los invitados se transformaba en un silencio expectante.
Dentro, la luz se filtraba por los vitrales, pintando el aire con tonos dorados y azules. Las flores blancas alineadas a ambos lados de