La isla privada se alzaba como un pequeño paraíso frente a la costa. Palmeras que susurraban con la brisa, arena blanca aún tibia por el sol y el sonido constante de las olas rompiendo suavemente contra las rocas.
Dentro de la villa de piedra clara, con grandes ventanales abiertos al mar, la pequeña Emily —apenas un año de vida— dormía profundamente en su cuna blanca. Sus mejillas rosadas descansaban sobre una mantita ligera, y su respiración suave parecía acompasarse con el vaivén del océano