La noche había caído sobre Bella Vista con una suavidad distinta. No era una noche cargada de presagios ni de silencios tensos; era una de esas noches que parecen suspirar junto con el mundo, como si incluso el cielo supiera que, al fin, todo estaba en calma.
Leah estaba de pie junto a la gran ventana del dormitorio, descalza, envuelta en una bata ligera. En sus brazos, Emily dormía a medias, con el cuerpo tibio y relajado contra su pecho. El peso de su hija no era una carga; era un ancla. Un