Al final todo el mundo termina rompiéndose.
El silencio del departamento era tan denso que parecía respirar por sí solo. Las cortinas estaban cerradas, impidiendo que la luz del mediodía entrara, y solo la tenue lámpara del pasillo iluminaba la habitación donde Verónica se encontraba arrodillada, con el cuerpo encorvado, temblando como si un frío invisible la devorara desde adentro.
Sus manos estaban enredadas en su propio cabello y las lágrimas corrían sin detenerse. No eran lágrimas de dolor… eran las lágrimas desgarradas de quien