A kilómetros de la tensión de los Ling, el mediodía en la mansión Di Santi transcurría bajo un sol radiante. En el enorme y perfecto jardín trasero, Ángelo pasaba el día con sus trillizos de ocho meses. El gran capo, vistiendo ropa cómoda de lino, se encontraba sentado sobre una gran manta en el césped, cargando a uno de los varoncitos mientras le hacía ruidos graciosos con la boca, logrando que el bebé soltara una risa cristalina. La nena y el otro varón balbuceaban a su lado, intentando gatea