En una lujosa suite de Londres, el silencio era absoluto, roto solo por el roce de la seda contra el cuero. Elizabeth no lloraba más. Sus ojos, antes nublados por la culpa, ahora brillaban con una determinación gélida. Cerró su maleta con un golpe seco. Sabía que Zhang estaba sufriendo el exilio por su culpa y no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados mientras él se hundía en el olvido.
Bajo una identidad falsa y ocultando su mirada tras unas gafas oscuras, Elizabeth se dirigió al aerop