mandíbula con desprecio y dio un paso atrás, entrelazando su mano con la de Cassandra. Isabella, con los ojos inyectados en sangre por la rabia y el terror, soltó una carcajada histérica.
—¡Es una enfermera de quinta, Ángelo! ¡Nunca tendrá tu clase! ¡Yo debería estar en su lugar! —chilló, intentando escupir hacia Cassandra.
Cassandra no se inmutó. Su traje azul medianoche contrastaba con la figura patética de Isabella. Se soltó de Ángelo y caminó hacia ella, con una calma que helaba la sangre.