La nueva mansión Di Santi estaba en silencio, rota solo por el sonido de las ollas en la cocina. Ángelo, con la camisa remangada y sudor en la frente, se había empeñado en hacer todo solo. Marco observaba desde la puerta, mordiéndose la lengua para no intervenir.
—Ángelo, esa cantidad de sal parece... —empezó Marco.
—¡Dije que yo puedo solo, Marco! —gruñó Ángelo, echando otro puñado a la olla—. Si quiero que sea mi esposa, tiene que saber que puedo cuidarla sin que tú me digas qué hacer.
Dentro