—Hija —dijo Ángelo, tomando su mano con una ternura que solo reservaba para ella—. Los médicos dicen que ya puedes salir. Tienes dos opciones: vuelves a casa conmigo y con tu madre, donde estarás tranquila... o te vas con este idiota de Wei.
Ángelo lanzó una mirada cargada de advertencia hacia su yerno, una promesa silenciosa de que si Clara sufría un rasguño más, la guerra sería total.
Clara miró a Wei. Él no le devolvió la mirada; seguía con los ojos fijos en el suelo, pero ella podía sentir