Clara colgó el teléfono con una sonrisa triunfal, guardó su libreta de apuntes en el cajón de la mesita de noche y respiró hondo, ensayando su mejor rostro de inocencia. Sabía perfectamente que para plantarse frente al Dragón de los Ling y pedir permiso para salir, necesitaba actuar con total naturalidad.
Acarició la sutil y pequeña curvita de sus cuatro meses de embarazo sobre su vestido y bajó las escaleras de mármol con paso pausado, dirigiéndose directamente hacia la oficina principal.
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