La nueva mansión Di Santi era un monumento al lujo, pero para Ángelo, se sentía como una prisión de cristal. Cassandra no le había dirigido la palabra desde que llegaron. Ella se movía por las habitaciones supervisando la mudanza con una elegancia gélida, ignorando olímpicamente las miradas de súplica de su marido.
—Rebelde, por favor... —dijo Ángelo, maniobrando su silla de ruedas tras ella en el gran salón—. Arrieta la contrató, yo ni siquiera sabía quién era.
Cassandra se detuvo frente a un