La fiesta era un despliegue de opulencia. El aire estaba saturado de música tradicional y risas, pero en la penumbra de una de las terrazas laterales, la atmósfera era gélida. Akira Nakamura observaba desde la sombra cómo Zhang y Elizabeth bailaban, ajenos a todo, envueltos en su propia burbuja de felicidad.
La dama de compañía de Akira, una mujer de mirada afilada llamada Yumi, se acercó con un abanico de seda.
—Mi señora Akira, ¿cómo le fue con el joven Zhang Ling? —preguntó con voz baja.
Aki