El sonido de los neumáticos frenando de emergencia sobre la grava de la cabaña rompió la calma de la mañana. Menos de veinte minutos después del mensaje de Wei, la ginecóloga privada de la familia Di Santi y los Ling ya cruzaba el umbral de la suite principal, con el rostro pálido por la prisa y cargando un ecógrafo portátil de última generación
.
Clara, sentada en el borde de la cama y vistiendo una bata cómoda, miró a su esposo con una mezcla de ternura y leve reproche.
—Wei, de verdad... sol