El gran capo Di Santi, el hombre ante el que todo Miami se arrodillaba, se dejó caer sobre los cojines de seda, mirándola desde abajo con una mezcla de orgullo criminal y una lujuria ardiente que amenazaba con devorarlos a ambos. Su mirada fija era un desafío crudo, hambriento.
—Mujer, estás jugando con fuego —advirtió Ángelo, con la voz volviéndose peligrosamente ronca, una vibración baja que retumbó en las paredes—. Sabes perfectamente lo que pasa cuando el León sale de la jaula. No voy a ten