El jardín no era solo un jardín; era un cuadro viviente. El cerezo rosado soltaba pétalos que flotaban sobre el lago, creando un manto de seda natural. La mesa de madera oscura, el vino, los pasteles de luna y la pasta de trufas lucían como una ofrenda sagrada.
—Wei... esto es irreal —susurró ella, con los ojos brillando de asombro—. Es el lugar más hermoso que he visto jamás.
De entre los sauces, Zhang y Elizabeth aparecieron. Zhang, con su porte de acero, se acercó con una inclinación respetu