El interior del deportivo de Zhang era una olla a presión. El motor rugía mientras él sorteaba el tráfico con una mano firme en el volante y la otra apretada contra la palanca de cambios, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. Elizabeth, envuelta en el saco de Zhang que le quedaba enorme, se cruzó de brazos, fulminándolo con la mirada a través de sus gafas de sol.
—¡Mírate, Elizabeth! —estalló Zhang, lanzándole una mirada rápida que recorrió el contorno de su cuerpo bajo el