Mundo ficciónIniciar sesiónCassandra llegó a casa cuando la noche ya se había asentado del todo. El edificio era viejo, de paredes delgadas y luces amarillas que nunca terminaban de iluminar bien. Subió las escaleras en silencio, con una bolsa pequeña apretada contra el pecho.
Dulce de coco, lo había comprado en el mismo puesto de siempre, aunque sabía que su hermana apenas podría probarlo. Aun así, no había querido llegar con las manos vacías. Empujó la puerta con cuidado, la casa olía a té de manzanilla y a desvelo. Su madre estaba sentada en el sillón de la sala, como todas las noches, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo. No dormía. Nunca dormía del todo. —Llegaste tarde —dijo sin reproche, solo con cansancio. —Se complicó el turno —respondió Cassandra en voz baja—. ¿Cómo está? La mujer negó despacio. —Hoy le subió la fiebre otra vez. El médico llamó en la tarde, dice que los glóbulos volvieron a caer. Cassandra cerró los ojos un segundo. Respiró hondo. —¿Durmió? —Hace una hora —respondió su madre—. Le costó mucho conciliar el sueño. Preguntó por ti. Cassandra forzó una sonrisa. —Siempre pregunta. —Porque eres lo único que la tranquiliza —contestó la mujer, mirándola fijamente—. Aunque no deberías cargar con eso sola. Cassandra no respondió. Caminó hacia la habitación de su hermana con pasos lentos. Abrió la puerta apenas lo suficiente para asomarse. La niña dormía profundamente, demasiado quieta para su edad. Tenía el rostro pálido, los labios secos, y el cabello recogido en una trenza floja que Cassandra le había hecho esa misma mañana. Dejó el dulce de coco sobre la mesa de noche, como una promesa. —Mañana —susurró—. Mañana te lo doy. Cerró la puerta con cuidado y regresó a su habitación. Se quitó los zapatos, dejó la mochila en el suelo y se sentó en la cama sin encender la luz. El cansancio le cayó encima de golpe. Fue entonces cuando el teléfono vibró, miró la pantalla era el Dr. Arrieta. Sintió una opresión inmediata en el pecho. Respondió. —¿Doctor? —dijo, sin saludar—¿Pasó algo? —Tranquila, Cassandra —respondió él—Te llamo por otro asunto. Ella se incorporó despacio. —Perdón… es que nunca me llama fuera del hospital —explicó—Y cuando un médico llama a esta hora… —Lo sé —dijo Arrieta—Cualquiera pensaría lo mismo. Cassandra se levantó y caminó hacia la ventana. —Dígame —pidió. —El paciente que ingresó anoche solicitó cuidados privados —comenzó el médico—Y pidió específicamente que fueras tú quien lo atendiera. Ella cerró los ojos. —No puedo aceptar —respondió enseguida—No estoy disponible y tampoco hago cuidados particulares. —Entiendo —dijo Arrieta—Pero necesito que escuches todo antes de decidir. —Lo escucho. —Angelo de Santi necesita una enfermera de confianza, veinticuatro horas —continuó—Está dispuesto a pagar lo que sea necesario. —No es una cuestión de dinero —dijo Cassandra—Mi prioridad es mi familia. Hubo una breve pausa. —Precisamente por eso te llamo —respondió el doctor—Porque él puede hacerse cargo del tratamiento de tu hermana. Cassandra se quedó inmóvil. —¿Cómo sabe usted eso? —Porque pregunté —dijo Arrieta con franqueza—Y porque Angelo de Santi no hace promesas vacías. La voz de Cassandra bajó. —Mi hermana tiene leucemia, no es algo que se arregle con un cheque. —No —admitió el médico—. Pero sí se sostiene con recursos. Y él los tiene. Cassandra apoyó la mano contra el vidrio frío. —Necesito hablar con él —dijo—. No voy a aceptar nada sin escucharlo directamente. —Eso era de esperarse —respondió Arrieta—. Pero hay algo más que debes saber. —¿Qué cosa? —Él ya pidió tu expediente laboral —dijo—. Sabe quién eres. Y sabe exactamente por qué dudas. El silencio se volvió pesado. —Entonces esto no es una invitación —murmuró Cassandra—. Es una decisión tomada. —Es una puerta abierta —corrigió Arrieta—. Tú decides si la cruzas. Cassandra cerró los ojos. —Quiero verlo —dijo—. Mañana. —Te llamaré con la hora —respondió el médico. La llamada terminó. Cassandra dejó caer el teléfono sobre la cama. Desde la otra habitación llegó la respiración irregular de su hermana. En la sala, su madre seguía despierta. Y en algún lugar del hospital, un hombre que había perdido las piernas acababa de ganar algo mucho más peligroso. Su atención. Cassandra no se movió durante varios segundos después de que la llamada terminó. El teléfono seguía en su mano, frío, inerte, como si no acabara de cambiarle la vida. Angelo de Santi. El nombre regresó con una claridad incómoda. Sus ojos azules, despiertos en medio de la sangre. La forma en que no había pedido compasión. La manera en que la había mirado, como si ella fuera una variable, no una persona. Cerró los ojos. No quería deberle nada a un hombre así. Pero tampoco quería enterrar a su hermana. Se levantó despacio y salió de su habitación. La casa estaba en silencio, un silencio frágil, sostenido apenas por la respiración de la niña al fondo del pasillo. Cassandra avanzó sin hacer ruido, como si el sonido pudiera romper algo. Abrió la puerta. Su hermana dormía de lado, abrazando la almohada con una debilidad que le partía el alma. Cada día estaba más delgada. Cada día respiraba con más esfuerzo. Cada día parecía apagarse un poco más, como una vela que no termina de consumirse pero ya no alumbra. Cassandra se acercó a la cama y se sentó a su lado. Le acomodó el cabello con cuidado. —No sé qué hacer —susurró, aunque sabía que no podía oírla—. Juro que no lo sé. Recordó la primera hospitalización, el diagnóstico, las palabras que ningún padre ni hermana debería escuchar. Recordó cómo al principio había esperanza, planes, promesas. Y cómo, con el tiempo, todo se había vuelto más lento, más pesado, más oscuro. Cada día era una batalla que se perdía un poco. Cada día se apagaba. Cassandra apretó la sábana entre los dedos. —Te prometí que no iba a rendirme —murmuró—. Pero también te prometí que no iba a venderme. Las lágrimas le quemaron los ojos, no cayeron, no todavía. Pensó en su madre, sentada siempre en la sala, fingiendo fortaleza. Pensó en las cuentas acumulándose, en las llamadas que ya no contestaban, en las puertas que se cerraban con una sonrisa educada. Y luego pensó en él. En un hombre que no podía mover las piernas, pero que aun así controlaba habitaciones enteras. En un hombre que había decidido que ella era necesaria. —¿Qué quiere de mí? —susurró—. ¿Cuidarte… o poseerme? Su hermana se movió apenas, como si sintiera la presencia. Cassandra tomó su mano. Estaba fría. —Tengo miedo —admitió—. Miedo de entrar en algo que no voy a poder dejar. Miedo de que ese hombre no me vea como una enfermera… sino como una deuda. Se inclinó y besó la frente de la niña. —Pero tengo más miedo de perderte. Cassandra se quedó ahí, sentada en la penumbra, mientras la noche avanzaba sin piedad. Sabía que, pasara lo que pasara, al día siguiente ya no sería la misma. Porque había momentos en la vida en los que no se elige entre lo correcto y lo incorrecto. Se elige entre lo que duele…y lo que destruye.






