Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa habitación seguía en penumbra, no por descuido, sino por decisión. Angelo De Santi odiaba la luz directa desde que despertó con el cuerpo dividido en dos. Vestía una camiseta oscura ajustada y una bata abierta que no lograba disimular la rigidez de los vendajes. Estaba recostado, pero su postura era tensa, alerta, como si en cualquier momento pudiera incorporarse por pura voluntad.
El hombre de seguridad entró sin hacer ruido. —Traje el informe —dijo, dejando una carpeta gruesa sobre la mesa auxiliar. Angelo giró apenas el rostro. —¿Completo? —Más de lo que pidió. Angelo extendió la mano con lentitud y tomó la carpeta. El nombre en la portada era claro. Cassandra Morales. Abrió el documento. —Veintitrés años —leyó en voz baja—Estado civil: soltera. Sin antecedentes penales. Sin deudas bancarias importantes. Pasó la hoja. —Padre fallecido —continuó—. Seis años. Infarto fulminante. Desde entonces, sostén económico del hogar. Alzó la vista. —¿Cuántos viven con ella? —Su madre, la abuela materna y la hermana menor —respondió el hombre—. La hermana padece leucemia linfoblástica. Diagnóstico inicial hace dos años. Recaída reciente. Los dedos de Angelo se detuvieron sobre el papel. —Eso explica todo —murmuró. —Trabaja desde los diecinueve —siguió el otro—. Primero en el campo. Agricultura. Jornadas duras, madrugadas largas. Nunca dejó ese trabajo. Angelo arqueó una ceja. —¿Y aun así estudió enfermería? —Sí. Turnos nocturnos. Becas parciales. Doble jornada durante años. Angelo cerró la carpeta despacio. —No vive —dijo—. Sobrevive. El hombre asintió. —No tiene vida social. No hay parejas registradas. No salidas frecuentes. Todo gira en torno a la familia y al trabajo. Angelo apoyó la mano sobre sus piernas inmóviles. —Ella no se rompe por ambición —dijo—. Ni por miedo. —Se rompe por cansancio —añadió el hombre. Angelo esbozó una sonrisa mínima. —Exacto. Se quedó en silencio unos segundos. —¿Alguien más tiene este informe? —No —respondió el hombre—. Está blindado. —Bien —dijo Angelo—. Nadie se acerca a su familia. Nadie la presiona. Nadie usa la enfermedad de la hermana como amenaza directa. —¿Y si alguien lo intenta? Angelo alzó la mirada, fría. —Entonces sabré quién quiere jugar conmigo. Dejó la carpeta a un lado. —Ella no es débil —dijo—. Por eso mismo será cuidadosa. Y por eso necesito reglas claras. —¿Desea que se redacten? —Ahora. En otra parte de la ciudad, donde las luces eran bajas y las ventanas siempre estaban cubiertas, Isabella caminaba de un lado a otro de la habitación. Vestía de negro, el cabello recogido, el rostro tenso. Ya no era la mujer segura que acompañaba a Angelo en cenas elegantes. Ahora era una sombra. —No hay confirmación —dijo—. Nadie dice nada. El hombre frente a ella apoyó la espalda en la pared. —¿Muerto o vivo? Isabella apretó los labios. —No lo sé. —Tú provocaste el accidente —respondió él— Deberías saberlo. Ella cerró los ojos un instante. —Yo hice que pasara —admitió—. Pero no planeé cómo terminó. —¿Te arrepientes? Isabella lo miró con dureza. —Me arrepiento de no saber si sobrevivió. El hombre sonrió con ironía. —Si vive, te va a buscar. —Lo sé —susurró ella—. Y si no vive… alguien va a ocupar su lugar. El silencio se tensó. —¿Crees que sospecha de ti? —preguntó él. —Angelo sabe que lo traicioné —respondió Isabella—. Eso es suficiente para él. Siempre fue así. —¿Y si descubre más? Isabella apretó los puños. —Entonces ya será demasiado tarde para todos. De vuelta en el hospital, Angelo observaba cómo el documento se armaba sobre la mesa. Hojas limpias. Tipografía clara. Lenguaje preciso. —Lee —ordenó. El hombre comenzó. —Regla uno: confidencialidad absoluta. Nada de lo que vea, escuche o intuya podrá ser compartido fuera del entorno del paciente. Angelo asintió. —Regla dos —continuó—: disponibilidad total durante los horarios acordados. Cambios solo con autorización directa. —Agrega —interrumpió Angelo— que no habrá contacto físico innecesario. Ni por costumbre ni por compasión. El hombre escribió. —Regla tres: respeto mutuo. No preguntas personales fuera de lo permitido. Angelo se inclinó apenas hacia adelante. —Eso es para ella —dijo—. Yo no prometo lo mismo. El hombre dudó, pero anotó. —Regla cuatro —siguió—: el acuerdo puede ser terminado solo por el paciente. —Y el pago —añadió Angelo— no será negociable. —¿Incluimos la cláusula médica externa? Angelo guardó silencio unos segundos. —Inclúyela —dijo—. Tratamiento completo. Sin retrasos. Sin excusas. El documento quedó cerrado. —Cuando ella lo lea —dijo Angelo— va a entender que esto no es un empleo. —¿Y si rechaza? Angelo alzó la mirada, seguro. —No lo hará. Porque en algún lugar, una hermana se apagaba lentamente. Y Cassandra Morales ya estaba al límite. *** Cassandra llegó al hospital cuando el sol comenzaba a caer. La tarde teñía los ventanales de un naranja cansado, el mismo color que sentía en el cuerpo después de haber trabajado desde el amanecer. Llevaba el uniforme blanco impecable, aunque sus hombros delataban el peso de los días acumulados. El cabello recogido con prisa, unas ojeras suaves que ni el corrector lograba borrar del todo. Caminó por el pasillo principal con la costumbre de quien conoce cada baldosa, cada olor, cada silencio incómodo de ese lugar. No sabía que ese turno cambiaría todo. —Cassandra. La voz del doctor Arrieta la detuvo antes de que pudiera llegar al área de enfermería. Él estaba de pie junto al mostrador, serio, con una carpeta negra bajo el brazo. No era habitual verlo así, tan rígido, tan… cuidadoso. —Doctor —respondió ella, forzando una pequeña sonrisa—. ¿Pasa algo? Arrieta la observó unos segundos antes de hablar, como si midiera cada palabra. —Necesito que vengas a mi oficina antes de comenzar tu turno. El estómago de Cassandra se contrajo. —¿Ocurrió algo con mi hermana? —preguntó de inmediato, la voz apenas firme—. Usted no la atiende, lo sé, pero… si me llama antes de empezar… —No —la interrumpió con suavidad—. Tranquila. No es por ella. Al menos, no directamente. Ese “no directamente” la acompañó todo el camino. La oficina del doctor estaba en penumbra. Cerró la puerta con cuidado y dejó la carpeta sobre el escritorio. —Siéntate, Cassandra. Ella obedeció, cruzando las manos sobre el regazo. Arrieta abrió la carpeta y deslizó un documento hacia ella. No era un expediente médico común. El papel era más grueso, las letras más sobrias. En la parte superior, un título que no entendía del todo. CONDICIONES Y REGLAS DEL PUESTO – ENFERMERA PERSONAL —¿Qué es esto? —preguntó, frunciendo el ceño. —Un contrato —respondió él—. O una propuesta, si prefieres llamarlo así. Cassandra pasó la primera hoja lentamente, leyendo fragmentos sueltos. —Disponibilidad absoluta… confidencialidad total… residencia temporal… —levantó la mirada— Doctor, esto no es normal. —Lo sé. —¿Para quién es este puesto? Arrieta respiró hondo. —Para un paciente muy particular. Ella dudó un segundo antes de hacer la pregunta que ya le quemaba la lengua. —¿Quién es? El silencio se estiró. —Angelo di Santi. El nombre cayó como un disparo. Cassandra sintió cómo la sangre se le iba de la cara. Sus dedos temblaron apenas, lo suficiente para que el papel crujiera entre ellos. —¿El… Angelo di Santi? —susurró—. ¿Está hablando del mismo Angelo di Santi que sale en las noticias? ¿Es el mismo hombre que atendí hace horas? Arrieta asintió despacio. —El mismo, el hombre que medio país busca y del que nadie habla en voz alta. Ella tragó saliva. —¿Y usted pretende que yo… que yo lo cuide? —No lo pretendo yo —respondió con frialdad contenida—. Es una petición directa. Y cuando Angelo di Santi pide algo, no es una sugerencia. Cassandra se levantó de golpe. —No. Esto no puede ser real. Yo no… yo no pertenezco a ese mundo. Soy enfermera, trabajo en agricultura cuando puedo, tengo una hermana enferma, una familia normal… —Justamente por eso —la interrumpió Arrieta. Ella lo miró, confundida. —¿Qué quiere decir? El doctor se apoyó en el escritorio, bajando la voz. —Porque no tienes nada que perder salvo lo que más amas. Y eso… eso te hace perfecta. Cassandra sintió un nudo en la garganta. —Esto es una locura —murmuró—. Prefiero cuidar a otro paciente. A cualquiera. No aceptaré esto. —Piénsalo bien —insistió él—. Léelo con calma. Cada regla está ahí por una razón. Ella negó con la cabeza. —Mi hermana no se va a morir —dijo, más para convencerse a sí misma que a él—. Ella va a salir adelante. No necesito este dinero manchado. Arrieta la observó con una mezcla de lástima y dureza. —Cassandra… tú sabes perfectamente que hay días en los que tu hermana apenas despierta —dijo en voz baja—. Sabes que un día de estos puede no hacerlo. Y sabes también que este tratamiento… —tocó la carpeta— puede cambiarlo todo. El silencio volvió a caer, pesado. —Si Angelo di Santi puso los ojos en ti —continuó—, no hay escapatoria. Solo hay decisiones. Y consecuencias. Ella apretó los labios, luchando contra las lágrimas. —Necesito pensarlo —dijo finalmente. —Hazlo —respondió Arrieta—. Pero no tardes. Él no es un hombre paciente. Golpearon la puerta. —Doctor, necesitan a la enfermera Morales en recuperación —anunció una voz desde fuera. Arrieta se enderezó. —Ve. Cumple tu turno como siempre. Después hablaremos. Cassandra tomó la carpeta con manos inseguras y salió de la oficina. Mientras caminaba hacia el área de recuperación, el nombre resonaba una y otra vez en su mente. Angelo di Santi. Y sin saberlo aún, cada paso la acercaba más a él.






