🔴CÓDIGO ROJO🔴

El primer indicio de que algo iba mal no fue la sirena.

Fue el silencio.

El Hospital San Blas nunca se quedaba en silencio. Siempre había un murmullo constante, un zumbido de pasos, monitores, voces superpuestas. Pero esa noche, de pronto, todo se tensó, como si el edificio hubiera contenido el aliento. Cassandra acababa de terminar de colocar una vía cuando las puertas de urgencias se abrieron de golpe.

—Código rojo —anunció alguien— ¡Código rojo inmediato!

El sonido de botas resonó en el piso pulido. No eran zapatos médicos. Eran pasos pesados, sincronizados, entrenados Cassandra alzó la vista justo a tiempo para verlos entrar, hombres vestidos de negro demasiados, armados con auriculares y miradas que no pedían permiso. El personal del hospital se quedó congelado un segundo… y luego el caos estalló.

—¿Quién autorizó esto? —gritó una doctora.

—¡Retírense de las camillas!

—¡Necesitamos un quirófano ahora!

—¡Cierren accesos secundarios!

Uno de los hombres avanzó hasta el mostrador.

—Tenemos una emergencia quirúrgica —dijo con voz firme—El paciente entra en cinco minutos. Nadie entra ni sale sin autorización.

—Esto es un hospital público —replicó alguien—No pueden...

—Podemos —interrumpió el hombre, sin alzar la voz—Y lo haremos.

Cassandra sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Nunca había visto algo así, el paciente llegó rodeado de sombras. Una camilla empujada con precisión militar. Sangre oscura empapando los vendajes improvisados. Un torso inmóvil. Un rostro pálido… pero consciente, los ojos del hombre estaban abiertos.

Sus ojos color azul estaban Alertas y dominantes, no parecían los ojos de alguien al borde de la muerte, parecían los de alguien que estaba anotando nombres.

—¿Quién está a cargo? —preguntó uno de los médicos.

—Yo —respondió el cirujano de guardia, nervioso—¿Qué tenemos?

—Herida por arma de fuego. Compromiso torácico. Riesgo de colapso pulmonar —enumeró rápido uno de los hombres—El paciente necesita cirugía inmediata.

—¿Nombre?

Hubo una pausa mínima.

—Angelo De Santi.

El nombre cayó como un disparo, Cassandra no lo conocía…pero la forma en que todos los demás reaccionaron fue suficiente.

—¿Dónde nos necesitan? —preguntó ella, avanzando antes de pensarlo.

El cirujano la señaló de inmediato.

—Tú. Y… —miró alrededor—Sandra. Muévanse.

Sandra apareció a su lado con el ceño tenso.

—Esto no es una cirugía cualquiera —susurró—Mira toda esa seguridad, esto huele mal.

—Huele a urgencia —respondió Cassandra—Y eso es suficiente.

Entraron al quirófano, las puertas se cerraron, el mundo exterior dejó de existir, las luces quirúrgicas iluminaron el cuerpo de Angelo De Santi con una claridad brutal. Su pecho subía y bajaba con dificultad.

La herida era grave.

Sangrante y profunda, pero él no perdió la conciencia.

—No me duerman —ordenó con voz ronca.

El anestesista dudó.

—Señor, es necesario—

—No —repitió Angelo, girando apenas la cabeza— Quiero estar despierto.

El cirujano tragó saliva.

—Está perdiendo mucha sangre.

—No me voy a morir —dijo Angelo—. No hoy.

Cassandra sintió algo extraño en el estómago, no era miedo era tra cosa era determinación… mezclada con una tensión oscura.

—Necesitamos más gasas —ordenó el cirujano.

—Aquí —respondió Cassandra, pasándolas sin apartar la vista de la herida.

Sus manos no temblaron Sandra, en cambio, respiraba demasiado rápido.

—Aspira aquí —le indicó Cassandra en voz baja—. No pierdas el ritmo.

—No me digas qué hacer —murmuró Sandra, pero obedeció.

Angelo giró los ojos apenas y los fijó en Cassandra y ella lo sintió, no levantó la mirada de inmediato cuando lo hizo, fue directa, sin sumisión, sin desafío abierto, solo firmeza. Los labios de Angelo se curvaron apenas. Una sombra de algo parecido a interés cruzó su rostro.

—Tú no tienes miedo —murmuró.

—No ahora —respondió Cassandra—. Ahora trabajo.

El silencio en el quirófano fue absoluto.

—Concéntrense —ordenó el cirujano.

La cirugía continuó durante horas que parecieron días, sangre, sudor y ordenes cortas, mientras el pulso era contenido. Cuando todo terminó, Angelo seguía vivo, más que eso seguía presente.

Mientras lo trasladaban a cuidados intensivos, uno de los hombres de seguridad habló en voz baja con un médico.

—El jefe quiere saber quién estuvo en el quirófano.

Cassandra escuchó su nombre yel de Sandra, no sabía que ese instante acababa de sellar algo irreversible, no sabía que el hombre al que había tratado como a cualquier paciente no olvidaba rostros, ni miradas.

La habitación de cuidados intensivos estaba en penumbra.

El sonido rítmico del monitor cardíaco era lo único que llenaba el espacio, constante, impersonal. Cassandra entró detrás del doctor con el expediente apretado contra el pecho. Había estado en muchas habitaciones así, pero ninguna se sentía tan… cargada.

Angelo De Santi yacía recostado, el torso vendado, el rostro pálido pero alerta. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo, como si estuviera contando grietas invisibles.

No parecía un hombre derrotado, parecía un hombre esperando un veredicto.

—Señor De Santi —dijo el médico con voz profesional—. La cirugía fue un éxito. La hemorragia está controlada.

Angelo no respondió.

—Sin embargo… —continuó el doctor, ajustándose las gafas—Hay algo que debemos discutir.

Cassandra dio un paso al frente sin que se lo pidieran. Revisó los signos, cambió una bolsa de suero. Sus manos se movían con la misma precisión de siempre, pero sentía el pulso acelerado bajo la piel.

—La bala no solo causó el daño torácico —prosiguió el médico—. El impacto secundario afectó la región pélvica y la médula espinal baja. Hubo inflamación severa… y compromiso neurológico.

Angelo giró lentamente la cabeza.

—Habla claro —ordenó.

El médico sostuvo su mirada.

—No hay respuesta motora en las extremidades inferiores.

Silencio.

—¿Temporal? —preguntó Angelo.

—No —respondió el doctor.

Cassandra sintió un nudo cerrársele en el estómago.

—¿Reversible? —insistió él.

—No en este momento. Y siendo honestos… las probabilidades son muy bajas.

Angelo no parpadeó.

—¿Puedo caminar? —preguntó finalmente.

El médico negó despacio.

—No.

El monitor siguió pitando.

Uno… dos… tres…

El mundo no se acabó, eso fue lo más desconcertante, Angelo De Santi no gritó, no golpeó nada, no pidió explicaciones, solo cerró los ojos un segundo.

—Entiendo —dijo.

La palabra cayó pesada, definitiva, el médico respiró hondo.

—Necesitará cuidados especiales. Rehabilitación, terapia diaria, control de heridas, movilización asistida. No puede hacerlo solo. Necesitará personal capacitado.

—Ok —respondió Angelo.

Nada más, ni una objeción, ni una amenaza Cassandra alzó la vista hacia él por primera vez desde que había comenzado la conversación.

Había visto muchas reacciones: negación, rabia, llanto. Aquella… no la conocía.

—Yo… —empezó el médico—Yo me encargaré de.

—Déjenme solo —dijo Angelo, sin abrir los ojos.

El doctor dudó, luego asintió.

—Volveré más tarde —murmuró.

Cassandra se quedó un segundo más. Ajustó la sábana con cuidado innecesario, como si ese pequeño gesto pudiera devolverle algo de control a la situación.

Angelo abrió los ojos.

—Tú —dijo.

Ella se detuvo.

—No apartaste la mirada —añadió él.

—No era el momento —respondió Cassandra con calma—Cuando alguien recibe una noticia así… lo último que necesita es lástima.

Los ojos de Angelo se clavaron en los suyos.

—Aprendiste rápido.

—Aprendí temprano —contestó ella.

No dijo nada más. Salió de la habitación sin mirar atrás, cuando la puerta se cerró, el silencio cayó como una losa, Angelo bajó la mirada, sus piernas permanecían inmóviles bajo la sábana blanca.

Intentó mover los dedos, pero nada y los movió otra vez y nada.

El aire se le quedó atrapado en el pecho, no gritó, no lloró, una sola lágrima escapó, silenciosa, y él la limpió con furia antes de que pudiera caer.

—No —se dijo en voz baja—No me van a ver así.

Y entonces, como una herida que se abre sola, el recuerdo regresó, las luces cálidas, jn vestido negro, la risa de Anastasia contra su cuello.

—Te amo, había dicho ella.

Horas después, su boca todavía sabía a ella, cuando salió del restaurante, recordó su mano acomodándole el abrigo. Su voz pidiéndole ir en otro coche, su beso… demasiado largo.

La explosión, el vidrio, el fuego y luego… nada. Anastasia no había gritado su nombre, no había vuelto.

Angelo apretó los puños.

—Me quitaste las piernas —susurró—. Pero no el alma.

El amor murió esa noche y en su lugar nació algo peor, algo que no necesitaba caminar para destruirlo todo, ni mujeres que no bajaban la cabeza.

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