La mano de Damien, que apretaba mi rodilla por debajo de la mesa, estaba tan tensa que sentí un dolor sordo en los huesos. Sin embargo, en su rostro, en la expresión con la que miraba a aquel hombre al otro extremo del mueble, no había ni la más mínima pizca de emoción. La sala del consejo prácticamente hervía con la idea de atacar el Valle del Cuervo.
Silas, apoyado en su bastón con empuñadura de plata, se erguía en la cabecera de la mesa como el director de una orquesta.
—Una oportunidad hist