El sol de la mañana, filtrándose a través de los cristales blindados de la mansión, iluminaba los mapas desplegados sobre la enorme mesa de madera de carpe. Había pasado una semana exacta desde el último altercado en la bahía del este y el sellado definitivo de los restos del generador subterráneo. El Norte vivía sus días más silenciosos y pacíficos. Ya no había señales de plata en las fronteras ni transmisiones de radio con tensos sonidos de combate. En el aire solo flotaba el aroma fresco de