Ámbar
—No puedes hablar en serio —dice Ruth, casi babeando cuando le cuento lo que pasó anoche—. ¿Te hizo todo eso? No, mejor dicho, ¿lo dejaste y no estás denunciándolo? Por cierto, dime en qué cárcel para ir a sacarlo. Grrr…
La asesino con la mirada y ella suelta una carcajada mientras le pega al escritorio. Hasta hace poco me habría alegrado un poco su reacción, pero ahora la culpa es un peso espantoso en mi estómago.
—No pienso volver a verlo —le suelto—. Ni siquiera para la colaboración.