Ámbar
Durante los siguientes días, Mía trata de no dar molestia alguna y prefiere comer sin que nadie esté cerca. Nadie le ha hecho nada para que se sienta de esa forma, pero ella misma sabe la situación con Joshua.
—No puedo, Ámbar. Aquí no puedo convivir, sino que me estoy escondiendo de ese tipo —me respondo cuando la reprendo por milésima vez.
—Mía, eso no te hace bien —replico, sentándome en su cama—. No puedes esconderte aquí para siempre, y además…
—No, sé que no. Solo lo haré hasta qu