Mía
Aprovechando que no hay nadie más en casa, me atrevo a bajar al primer piso para buscar algo de comer. En la cocina, encuentro a Ana preparando algo que huele delicioso.
—Huele bastante bien —elogio, y ella me dedica una amable sonrisa.
Nadie me trata mal aquí, ni me hace muecas de desprecio ni nada parecido, pero aun así no me siento merecedora de su amabilidad ni de que me alimenten.
—Me alegro, ya iba a subirle su comida, señora Mía.
—Gracias, Ana, pero no, no acepto que me subas la